“La vida no es evitar problemas, sino saber afrontar los que tienes” – Anónimo
La verdad es que esta semana la intención era que la enseñanza del azucarillo fuera otra, pero lo cierto es que tal y como se dice en el argot periodístico “la actualidad manda” y hemos decidido cambiar el guión víctimas de la llegada de Murphy. Y es que estos días han sido de esos que nos llevan a pensar en que existe una conjura supra-humana para que todo se nos rompa. Recurriendo al refranero español y sin ánimo de ser política incorrecta esta expresión, son días de esos en los que parece que “nos hubiera mirado un tuerto”. Momentos de esos en los que Murphy se manifiesta en toda su “maldad”. Y sobre todo, querríamos reflexionar ante nuestras reacciones con estas “cositas” que nos ocurren.
El detonante puede ser muy variado. De pronto, en la cocina, parece que hubiera habido una rebelión de electrodomésticos, y que hubieran decidido cuál equipo que comparte un mismo objetivo final, manifestarse con rotundidad, tal vez con la intención de reclamar algo más de atención. El microondas decide dar vacaciones a sus ondas, por lo que esos estupendos platos preparados que tantos almuerzos nos salvan, se quedan en el frigo porque no pueden “hornearse”. El congelador, en un acto de maldad suprema, decide que el mejor momento para pedir un circuito nuevo es aquel en el que las olas de calor se suceden. Te quedas así sin cubitos, sin helados, y lo que es peor, sin “polos-flasn”. La hornilla opina, que para el uso que le das, que no es necesario que funcionen todos los fuegos, y que con uno tienes bastante, así que si quieres hacer espagueti, por ejemplo, primero cuece la pasta y después haz la salsa, nada de tenerlo todo listo a la vez para poder aprovechar el “al dente”. Todo esto son duras pruebas, pero las vas superando, y con más o menos humor las soportas.
La siguiente manifestación de Murphy llega con el coche. Estás haciendo un pequeño viaje, has tenido la precaución de llevarlo al taller antes, pero cuando ya estás a medio camino, ooohhhhhhh, se calienta y se enciende una luz en el panel que ni siquiera sabías que existiera… ¿qué hacer? ¿volver o seguir? En un alarde de temeridad, por supuesto seguir… La paciencia empieza a alcanzar importantes cotas de intranquilidad, pero ahí seguimos aguantando el tirón.
Esta “racha” suele ir acompañada de otra bonita irrupción en escena. El PC, que por supuesto decide fallar, y como no podía ser de otra manera, por mucho que sabes que has de hacer “back up” (Carrie de Sexo en Nueva York dedicó un episodio a explicárnoslo), por supuesto lo habías ido dejando por “falta de tiempo”, y cuando se ha roto, justo el documento que más necesitabas, se ha perdido en la noche cibernátuica. Ahora ya sí que piensas que eres el ser más desgraciado del mundo.
Pero de pronto se produce el hecho que realmente nos lleva al desquicio, y no es otro que se rompe el móvil. Estás tan tranquilo, a mitad incluso de una conversación “whatsappera” o revisando Facebook o Twitter, o tal vez con Instagram, o mirando tus mails, cuando…. ¡¡¡¡¡NOOOOOOO!!!!! aparece la manzanita en el IPhone y no hay manera humana de poder quitarla. El ingenio se agudiza, tras el primer minuto de pánico absoluto, buscas en los tutoriales de YouTube las “formas de rescatarlo”, hasta que ves que una tras otra, todas resultan inútiles.
En ese momento, el que tomas conciencia de que no puedes solucionarlo, es cuando te das cuenta que de pronto te has quedado “sólo ante el peligro”. Tu mundo se ha evaporado… no tienes copia de seguridad. Te has quedado sin tu agenda… no puedes recuperar tus contactos, y lo que es peor, no puedes avisar a nadie de tu gran desdicha. Hasta ahora el resto de pequeñas calamidades que se habían ido sucediendo habían sido soportables, pero esto ya supone el culmen y en ese momento sabemos a ciencia cierta que somos el ser más desgraciado del planeta, y que los dioses se han aliado en nuestra contra. El mundo para nosotros se ha terminado, y tememos por nuestra muerte social. Seguro que muchos y muchas de los que leáis estas líneas sabéis de qué estamos hablando, porque lo habéis experimentado.
Ante estas situaciones, nos gustaría hacer algunas reflexiones. La primera tiene que ver con pensar que toda la mala suerte del mundo se ceba con nosotros. Hace algún tiempo, una persona a quien considero especialmente sensata y centrada, y cuyas enseñanzas están dejando mucho poso, ante una situación como esta, dio un argumento infalible que creo que es bueno recordar en estas situaciones. En el mundo hay más de 7 mil millones de personas, ¿cómo puedes creerte tan importante para pensar que todo el mal se va a concentrar en ti? Realmente es así. Las pequeñas catástrofes se alían a veces, simplemente para poner a prueba nuestra paciencia, y sobre todo para que practiquemos nuestra capacidad de resolver, de inventar, de averiguar, y de improvisar. Realmente nos sorprendemos de lo agudos que nos podemos volver, sobre todo cuando el problema es con nuestro hilo de vida, nuestro Smartphone.
Lo segundo es que de verdad tengamos la costumbre de hacer copias de seguridad de toda la información tanto profesional como personal con la que bregamos a diario. Si la perdemos, la culpa será sólo nuestra, porque todos sabemos que es necesario hacer copias de seguridad. Y también estaría bien que reflexionemos acerca de hasta qué punto es positivo que nuestra vida dependa hasta tal punto “de lo que tenemos dentro de un aparatito”.
Para terminar, sólo decir que hemos acompañado a este post con un azucarillo que nos muestra el mensaje de “cero problemas” porque realmente, estas cositas que nos pasan las tenemos que valorar en su justa medida. Los problemas son cuestiones de mucha más envergadura y sí merecen realmente nuestros desvelos. Pensemos que estos desastres que nos agobian, al fin y al cabo, lo que hacen es “ponerle picante a nuestros días”. Así que aunque estéis compartiendo una racha de estas, simplemente ir solucionando una cosa después de otra, sin agobiarse y sin pensar que lo que realmente sucede es que se va a cumplir la profecía maya y que “el mundo se va a terminar”.
Ahora, seguid disfrutando del verano y de estos calorcitos, a poder ser, estando en remojo, que es como mejor se llevan. Que julio ya se va. El próximo azucarillo nos llegará ya en agosto. Ya va quedando menos.
“De nada servirán las revoluciones sociales y culturales, si primero no hay una revolución interior” – Krishnamurti
El mes de julio ha dejado para la historia dos de los mayores hitos en lo que a revoluciones se refiere. En 1776, el 4 de julio, en el Congreso de Filadelfia, las por entonces 13 colonias que existían en el norte de América, firmaron su declaración de independencia de Inglaterra, asumiendo el nombre de lo que realmente eran, los Estados Unidos de América, reconociendo en dicho documento, el principio de igualdad (aunque en ese momento cuando hablaban de que todos los hombres habían sido creados iguales, literalmente se referían sólo a hombres y además blancos, pero lo cierto es que supuso el primer paso en el tránsito hacia el mundo contemporáneo.
Otra de las grandes revoluciones que trajo el mes de julio, fue la más conocida de todas, sí la Revolución Francesa, aquella que puso de moda la guillotina, que quiso romper con el orden estamental establecido, y ofrecer una salida que implicara dignidad para los desarrapados (sans cullotes). Fue el día 14, del mes dedicado a Julio César, del año 1789.
Pues bien, estamos en ese séptimo mes del año. Registrando temperaturas de récord, y con constantes alertas debido al calor, y además seguro que muchos y muchas estáis de vacaciones, pero hoy queremos proponeros de comencéis una revolución. Pero no una revolución cualquiera. No una revolución que signifique asaltar bastillas, o declarar zonas de independencia. Os proponemos una revolución que cambien el mundo. Sí, así es. No estamos locos, que sabemos lo que queremos.
La primera condición para cambiar el mundo, es que cambiemos nosotros, y como decía, uno de los escritores más importantes de la historia, -y padre de la “no violencia” que luego tendría tanto peso en otro de los grandes revolucionarios de la historia, Ghandi-, León Tolstoi, “la única revolución válida es la que uno hace en su interior.
Si queremos que las cosas sean diferentes. Si queremos que al finalizar el verano el mundo en el que habitamos sea otro. Si pretendemos que nuestra vida personal, profesional, familiar cambien, no podemos esperar sentados a que se produzca un milagro. Lo hemos dicho muchas veces, sólo cabe una cosa, y es que pasemos a la acción. En alguna ocasión lo hemos mencionado en esta sección, y es que Honoré Balzac, nos lo dejó bastante claro, con una estableciendo una verdad que tiene tintes de universal “Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”.
En nosotros está hacer que las cosas sean diferentes. No vale decir mañana. No vale pensar en que después lo haré. No, nada de eso sirve. Cambiemos nosotros y hagamos que el mundo se parezca más a lo que nos gustaría que fuera. Todo empieza por hacer, y por hacerlo aquí y ahora. El ayer no nos sirve, y el mañana no existe. Aprovecha estos días de calor. Estos días en los que parece que el tiempo se mueve a un ritmo diferente, en los que la luz nos hace ver las cosas con una claridad diferente y decide qué es lo que quieres. Y simplemente, haz tu propia revolución. Dejémosnos de excusas. Si quiero mejorar mi trabajo, tengo que empezar por ver en qué fallo y prepararme mejor. Si mi relación de pareja no funciona, tengo dos soluciones, o de verdad lo arreglo, o termino con ella, pero ni pierdo mi tiempo, ni se lo hago perder a nadie. Si quiero estar físicamente mejor, es fácil, empezar a tener una vida más sana, deporte (el que sea en función de mis gustos y posibilidades) y una dieta saludable.
Dejemos las excusas de lado. Olvidémonos del resto, hagamos nuestra propia revolución, que sólo puede comenzar por nuestro propio interior. Cambiaremos nosotros y cambiará nuestro mundo. No esperemos nada de nadie. No echemos la culpa a nadie. Empecemos por hacer y por dar, llegado el momento ya recibiremos, de una manera u otra. Y de verdad, se puede hacer.
Todo es posible, si realmente queremos y creemos en ello. Mira en tu interior, y decide cómo quieres vivir, y empieza desde ahora mismo a hacer lo necesario para que ocurra. No es fácil, pero tampoco es imposible. No seamos de ese tipo de personas que no empieza a andar un camino, porque cree que será incapaz de llegar hasta el final. Si no lo conseguimos que desde luego no sea por no habernos dejado la piel en el intento. Pensad que la recompensa no tiene precio, y que justifica todo el trabajo y todo el sacrificio. La recompensa final de esta revolución no es ni más ni menos que conseguir ser nosotros mismos de verdad. ¿Puede haber algo más bonito?
«El hombre es víctima de una soberana demencia que le hace sufrir siempre, con la esperanza de no sufrir más. Y así la vida se le escapa sin gozar de lo ya adquirido» – Leonardo Da Vinci.
La culpa es sin lugar a dudas uno de los lastres más pesados y dolorosos con los que los humanos tenemos que intentar movernos en este mundo. Es un sentimiento autodestructivo que nos limita, que mina nuestros deseos de avanzar, de mejorar, de crecer. Aún siendo muy negativo todo esto, la culpa es capaz de hacernos algo mucho peor, y es convertirnos en seres vulnerables a la manipulación de aquellas personas que utilizarán nuestro sentimiento de culpa, nuestro dolor, para hacer de nosotros peleles incapaces de aspirar a lo que debe de ser el «leitmotiv» de todo ser humano, que no es otro que buscar la felicidad, y conseguir la autorrealización.
La culpa nos hace vivir en una constante insatisfacción, tanto con lo que conseguimos, porque nos lleva a plantearnos si realmente lo merecemos, si somos dignos para disfrutarlo; como por supuesto cuando no somos capaces de llegar. En este momento la potencia destructiva de la culpa, herramienta del ego, despliega toda su capacidad dañina. Nos machaca convenciéndonos de que no hemos trabajado lo suficiente, no lo hemos hecho bien, no lo hemos deseado lo necesario, rematando con la puntilla de hacernos creer que sencillamente, no era para nosotros, porque no teníamos derecho a ello. La culpa, la culpa, la culpa… nos convence de lo poco que somos, de los fallos que tenemos, de que debemos conformarnos con no ser felices, porque lo que nos merecemos es vivir en una sempiterna infelicidad.
Parece que buscar la felicidad, intentar alcanzar la autorrealización, son objetivos mezquinos, ya que la culpa nos lleva a creer que ser infelices y personas desdichadas es más honorable. Forma parte de nuestra tradición cultural, el entender que se viene a este mundo a padecer, a sufrir y no, a ser feliz. La culpa constantemente nos recuerda que es malo buscar la propia felicidad, el placer, la satisfacción, la autorrealización… Nos convence que esto es propio de seres egoístas, y nos hace olvidar que sólo siendo felices, sintiéndonos de completamente realizados, podremos dar lo mejor de nosotros mismos a los demás, a todas aquellas personas que nos interesan de verdad.
Al final, si no somos capaces en un momento determinado de romper con ese lastre, la culpa nos llevará a pasar sin pena ni gloria por este mundo, no nos dejará brillar, y nos impedirá sacar la mejor versión de nosotros mismos. Nos llevará a machacarnos constantemente por lo que no hemos conseguido, pero olvidándose de recordarnos los obstáculos que hayamos podido superar. Estos serán relevados por la culpa al ostracismo, ya que podrían servir como punto de agarre para impulsarnos en busca de nuestra felicidad, y esto por supuesto, nuestro ego no lo quiere.
Pero es importante ser conscientes de una realidad, y sobre todo creerlo y ponerlo en práctica mediante la acción. Nos referimos a que por supuesto se puede romper con este sentimiento, porque podemos vencer a nuestro ego, y también relegar a su valido, la culpa. Es muy importante que lo creamos, y sobre todo que lo hagamos. Está en nuestras manos revelarnos y actuar en consecuencia para luchar por lo que realmente nos hace felices, sea lo que sea. Nadie puede decirnos para qué servimos o para qué no. Nadie puede marcarnos nuestros límites, porque sólo a nosotros nos compete descubrirlos, pero para eso, tendremos que hacer para comprobar realmente dónde están y si somos capaces o no de superarlos. No dejemos que nadie jamás nos diga, «tú no puedes, tú no vales, tú no sirves». Cada uno de nosotros, con sus acciones y con sus deseos tiene q ser el responsable de su éxito, de su fracaso, de su felicidad o de su desgracia. Hazlo. Empieza desde ya. No dejes que mañana cuando mires hacia atrás y busques un hacia delante, la culpa te ciegue y te convenza de que no mereces ser feliz. Todos y todas la merecemos, pese a lo que nuestra cultura y nuestra propia religión nos han hecho creer lo contrario.
Empieza desde hoy a buscar tu felicidad, sin sentirte culpable por ello, mañana puede ser tarde. Así que sólo queda una cosa que hacer.
El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad. – Víctor Hugo.
Hay fechas que especialmente son para reflexionar. Fechas que nos hacen pararnos y mirar hacia atrás, e irremediablemente pensar en mañana. Uno de estos momentos es la Navidad y el final de año. Está claro que este no es el que estamos viviendo hoy, cuando nos derretimos soportando los más de 40 grados de esta histórica ola de calor. Así que de fun, fun, fun y uvas y campanadas no es momento, no hablamos de esto. La otra fecha propicia para los viajes introspectivos es el cumpleaños, y en esa sí estamos.
Saber que ha pasado un año más en nuestra vida nos hace reflexionar sobre si lo hemos aprovechado o no. Si ha sido un año perdido o si por contra ha sido un año en el que hemos crecido, hemos aprendido, hemos sido mejores. Aunque hay que hacerlo con valentía, y estando preparados para asumir lo que de verdad nos encontremos al enfrentarnos a este viaje. Nos paramos y vemos qué ha sido lo mejor y lo peor. Si hemos cumplido o no algunos de nuestros propósitos, si hemos sido capaces de hacer algo por acercarnos a nuestros sueños.
En particular, este último año ha sido muy complicado. Doloroso en muchos aspectos. Muchas caretas se han caído, y sobre todo de quiénes menos podríamos esperar. Pero también este es el año del nuevo comienzo. Prefiero pensar que es el año cero. Es el momento de un resurgir, o mejor dicho de un nuevo comenzar, el momento de ser de verdad, de no esconderse, de estar y de hacer. A partir de ahora sin buscar excusas, sin buscar culpables, sólo asumiendo las consecuencias de las decisiones propias, de las acciones. Viviendo el momento, haciendo lo que de verdad sea coherente con el propio planteamiento vital, y no haciendo por parecer mejor, por la notoriedad, o por el reconocimiento, ya que esto sólo serviría para engordar al ego sino simplemente haciendo para realmente alcanzar los objetivos personales y profesionales.
En definitiva, como dice nuestro azucarillo de esta semana, pese a todo lo que hayan podido deparar los últimos 365 días, teniendo en cuenta a quiénes ya no están en nuestra vida, y dando las gracias a quiénes han aparecido para ayudarnos y tal vez hasta para dar coherencia a nuestra existencia, no tenemos que mirar hacia atrás con ira. Lo pasado, pasado ya está, y no hay que perder energías con enfados o rabias incontroladas por cómo fueron las cosas. Tan sólo asumir los errores, recordando que son la mejor fuente de aprendizaje que existe. Así aprendiendo de ellos, e intentando no volver a cometerlos, aunque ya sabemos que el hombre (y por ende la mujer) es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Siguiendo con la enseñanza de Thurker, que es a quién hemos decidido seguir esta semana, tampoco hemos de mirar el futuro con miedo. Sentir miedo por lo que nos pueda sobrevenir mañana es la mejor manera de acobardarnos y no hacer nada. El mañana llegará queramos o no, porque el tiempo es inexorable y ni tan siquiera la muerte lo para. Por ello, no hay que atenazarse. La mejor manera de enfrentarse al mañana es haciendo en el hoy. Como dice Thurker mirando alrededor con atención. Es decir trabajando en el aquí y el ahora. Esforzándonos y viviendo el momento, con coherencia, con esfuerzo, pensando sólo en clave de presente, en hacer lo mejor posible las cosas, tanto a nivel personal como profesional, dejándonos guiar por la humildad, y marcando unos objetivos realistas pero que nos hagan crecer, no tenemos que temer al mañana.
De esta manera para afrontar con valentía el futuro, sólo tenemos que no caer en la vanidad de las ínfulas de grandeza, y cada día hacer y hacer para así conseguir acercarnos a nuestros sueños, y que se conviertan en realidad. Pero si nos sentamos a esperar, mirando al cielo, soñando con las estrellas y pidiendo a los dioses, entonces sí es mejor que empecemos a temblar, porque de ninguna de las maneras tendremos ni el más pequeño control sobre ese mañana al que con razón, deberemos de temer.
A todo esto, feliz cumpleaños a todos y todas las que en estos días sumáis uno más, y sólo una recomendación que la voy a vivir en carnes propias (desde la convicción de no ser nadie para dar consejos) no dejéis de hacer, de hacer, de hacer. Vivid el momento, dándolo todo y olvidad padecer por el mañana, porque es algo que no podemos evitar que llegue, aprendamos a que todo mañana sea siempre un hoy. Es mejor pensar que no somos el resultado de un pasado, sino la causa de un futuro que se fragua en un hoy. No lo olvidemos.
Y en estos días, por favor, intentad encontrar un rinconcito fresco, porque estos calores son insoportables.
“Estrellarse contra una pared en la vida es la mejor forma de quitarnos nuestra armadura de ego y soberbia. A veces, necesitamos un golpe para tomar conciencia con humildad de todo lo que debemos mejorar”– David Fischman
Muchos de nosotros vivimos dominados y de paso, engañados por nuestro “ego”, que se infiltra y se camufla para hacernos esclavos de sí y para transformarnos en seres ruínes, y lo peor de todo, sin darnos cuenta, en muchas ocasiones vivimos en la ignorancia, creyéndonos que somos todo lo contrario.
No hace mucho alguien a quien considero un Maestro, me hizo reflexionar sobre las palabras que empiezan por ego, y cómo realmente no hay ninguna que tenga un significado positivo; egoísmo, egolatría, egocéntrico… todas se resumen en ponernos a nosotros mismos como centro del universo, no importándonos realmente los demás, aunque juguemos a que sí, y utilizándolos en mayor o menor medida para nuestro fines, siendo o no conscientes, porque lo peor de todo y he ahí la agudeza de nuestro ego, es que encima nos hace creer que lo que hacemos, lo hacemos por el bien de los demás.
Probablemente la humildad sea el mayor enemigo del ego, es la cualidad perfecta para poder enfrentarnos a él. Nuestro ego se alimenta de la buena imagen, de estar bien vistos, de caer bien a todo el mundo. Nos hace vernos como queremos ser y presentarnos así al mundo, pero no hacerlo como realmente somos. La visión propia acerca de nosotros mismos se distorsiona, perdemos la perspectiva y nos perdemos como personas. El ego nos hace confundir las cualidades positivas de una persona, con otras mucho más mezquinas. Yo creía que era fuerte, pero probablemente lo que veía en mí no era fuerza, sino que era vanidad. No pedir ayuda no es un símbolo de fortaleza, sino de creerme mejor y por eso no tener que reconocer que ya no podía más o simplemente que no sabía. La necesidad de parecer una persona perfecta te lleva a quedarte en el lugar en el que te sientes por encima del bien y del mal. El ego hace que no quieras asumir nuevos retos, porque esto supondría la posibilidad de equivocarte, de fallar, y entonces esa imagen de “falsa” perfección se rompería. Además así el halago fácil llega, porque estás en tu mundo, en tu salsa. No creces, ni como persona, ni como profesional, porque no te enfrentas a nada nuevo. Cualquier cuestión se convierte en un debate, porque tu ego siempre quiere llevar razón, y tú sin embargo, crees que estás argumentando algo que no tiene nada que ver con que no soportas no estar en lo cierto. Nuestro ego es listo, nos engaña. Dices que quieres aprender, y en el fondo es cierto, lo bueno y lo noble que hay en tu alma quiere hacerlo, pero tu ego siempre encuentra la excusa perfecta para dejarlo para otro momento, siempre posponiéndolo para una ocasión en la que será mejor, o más fácil, o más lo que sea… en el fondo simplemente lo que quiere es que sigas engordándolo, que siga creciendo, que te fagocite del todo, para que no tengas esperanza, para que sea imposible poder darte cuenta de qué clase de persona eres.
A mí me ha pasado, era (aún soy) una persona totalmente confundida, perdida. El ego dominaba mi ser, porque había creado un caparazón para defenderme del mundo, pero un caparazón en el que se confundían cuestiones como la vanidad con el valor, la responsabilidad con la cobardía, el pensar primero en los demás, con el miedo a hacer, la seguridad con el complejo de inferioridad. Demasiada preocupación por lo que los demás pudieran pensar, por lo que demás pudieran ver, y olvidándome totalmente de lo que realmente soy. Pero afortunadamente la venda se me ha caído de los ojos. Me he mirado al espejo y no me ha gustado lo que he visto. Hasta ahora había ido viendo ráfagas, pero de pronto he visto el monstruo en todo su esplendor. Un monstruo que te aleja de lo que más te importa de verdad en el mundo, un monstruo que vive debatiéndose entre la autocomplacencia y la autocompasión. Ese monstruo soy yo, aunque he decidido que ya no quiero serlo. Que se puede cambiar, tengo que conectar con mi interior y centrarme de verdad en lo que soy. Es un camino muy complicado. Es una guerra que no tiene cuartel, y que siempre se tiene que estar batiendo. La lucha contra el ego es como la lucha contra las adicciones, porque estas nunca desaparecen, igual que el ego tampoco desaparece, y siempre busca el menor resquicio, la menor debilidad, nuestra flaqueza, para aparecer y volver a intentar tomar el control. No lo podemos dejar hacer eso. Para ello hay cuestiones que hemos de tener en cuenta como son por ejemplo, no ofendernos por cualquier cosa, no vivir con la obsesión de ganar, de tener siempre razón o de sentirnos superiores, de tener más y más o de conseguir la fama. Tenemos que aprender a pensar y a vivir en clave del aquí y el ahora.
Recuerda que no eres tus logros, que no eres lo que tienes, que no eres lo que dicen de ti o piensan de ti los demás. Tú eres tú, y tienes que ser capaz de liberarte de todo eso y dejarlo al margen. Yo lo estoy intentando, estoy haciéndolo (primera forma de pelear con el ego), sólo espero que no sea demasiado tarde. Tengo esperanza en el hacer, en el hacer que me lleve a liberarme de la pesada carga de ese ego que no me ha traído nada bueno. Esta es mi guerra, y hoy y aquí lo reconozco, aprovechando para pedir perdón a todas aquellas personas que mi ego y yo hayamos podido llevarnos por delante.
No sé si voy a ganar la guerra, ni siquiera alguna batalla, pero sí sé que por lo menos me voy a dejar la piel en el intento. El dolor de ver la realidad, es sin duda mi mejor aliado, y en él me centro para seguir adelante. Quiero terminar con unas palabras de OSHO: “Si una persona conoce su propio valor, no tiene que preocuparse por lo que piensan los demás, por es importante conocerse, porque sólo el ego es el que depende de las opiniones de los otros. El ego tiene que hace lo que sea para quedar bien, pero el verdadero ser, no”.