por grupo3estudios | Sep 7, 2015 | El Grial de tu Empresa

“Si eres lo suficiente afortunado como para ser diferente de todos los demás, no cambies” – Taylor Swift
Ser diferente mola, es cool. No someterse a los cánones sociales es algo que alabamos, es algo que nos parece interesante, rebelde, guay… pero ¿mentimos o lo creemos de verdad? Es muy fácil decir a los demás que no importa que estés pasado o pasada de peso, o que no seas una guapura, porque “la belleza está en el interior”. Animar a quien quiere hacer cosas que se salgan de lo común para que se lance al vacío, muchas veces incluso sabiendo que se va a estrellar, pero lo hacemos, animamos a esas personas. Nos parece que es mucho mejor y mucho más interesante ser diferentes, ser nosotros mismos, y ese es el consejo que damos a los demás, que se atrevan, que lo hagan, que persigan sus sueños, pero ¿y nosotros? ¿qué hacemos?
A nivel teórico y como idea romántica, ser diferentes nos parece genial, pero cuando lo eres, y tienes que vivir con esa diferencia, sea la que sea, entonces ya no te lo parece tanto. Nos da miedo ser quiénes somos, porque el no ser como los demás, implica el vivir de otra manera, el tener otras reglas, el asumir retos, el hacer otras cosas. En definitiva el salir del círculo de comodidad. Abrir una puerta nueva, sin saber lo que nos vamos a encontrar detrás y esto asusta, y asusta mucho, porque lo desconocido nos aterra. Muchas veces como dice el refrán preferimos “lo malo conocido, en vez de lo bueno por conocer” y eso tristemente en muchas ocasiones nos hace llevar existencias anodinas, nos hace ser personas grises, no brillar, no lucir, no ser felices, pero claro… sabemos dónde estamos, sabemos dónde vamos, sabemos lo que podemos esperar. Vivimos en la tranquilidad y en la comodidad de lo “conocido” de lo “esperable” y con eso nos conformamos. Tenemos nuestros momentos de rebeldía cuando le decimos a los demás que se lancen a esto o a aquello, porque en el fondo lo que sentimos es una tremenda envidia, porque tal vez ellos o ellas se atrevan a hacerlo, mientras que nosotros seguimos siendo “políticamente correctos”, seguimos siendo “totalmente aburridos”. Lo peor de todo es que muchas veces tenemos conciencia de qué es así, pero pese a ello no nos atrevemos a ser ridículos, no nos atrevemos a mostrar nuestros errores, o a caernos, o a sufrir, o a lastimarnos. No, seguimos el camino establecido, aunque este camino nos haga sentir muñecos o muñecas de goma, que mantienen una sonrisa marcada en la boca, mientras aprendemos a vivir, sin padecer. En el fondo, nadie quiere esto, nadie quiere vivir así, todos y todas preferiríamos ser “locos felices”, antes que “cuerdos tristes”, pero hay algo que nos atenaza, que nos impide luchar por lo que de verdad queremos, y eso es el miedo, es nuestro ego en forma de pepito grillo que repite una y otra vez que es mejor “lo malo conocido que lo bueno por conocer”.
Desde aquí no se trata y nunca se ha tratado, ni se tratará de decir a nadie lo que tiene o no que hacer, lo que debe o no hacer. Este espacio sólo pretende ser una puerta que se abre para la reflexión, y que en todo momento parte de una realidad práctica de quién lo plantea. Recordado esto, sólo querríamos decir una cosa con respecto al tema de hoy.
Da miedo ser diferente, da miedo querer cosas distintas a las que anhela el resto. Nos asusta abrir puertas sin saber lo que hay detrás, o asomarnos a ventanas que ni siquiera sabíamos que existían, pero merece la pena. Nadie puede asegurar que las cosas salgan bien. Nadie nos puede decir que nos alegraremos, que seremos más felices, si somos capaces de querer otras cosas. Pero sí hay una cosa cierta. Atrevernos a hacer lo que realmente queremos, independientemente de que sea más o menos correcto de cara a los cánones de la sociedad, nos hace sentir cómo la vida corre por nuestras entrañas. Pensemos que la mayoría de las cosas que hoy nos parecen absolutas, o correctas, son simples realidades culturales. Así que desde la experiencia propia, pese al dolor, a la incertidumbre, al error, a la equivocación, a meter la pata… a todo, es mejor ser valiente. Como decíamos hace algunas semanas, mejor es lamentarse por lo que se ha hecho, que arrepentirse por lo que no se fue capaz de hacer. Es mejor tener y después que perder, que nunca haber tenido.
A fin de cuentas, de lo que estamos hablando es de que es mejor vivir, sentir, sufrir, llorar, reír, gritar, bailar, tropezar… que ser una figura de plástico, tan correcta, tan bonita, tan perfecta… tan muerta. Esta es una visión totalmente personal, sólo necesitamos ser humildes para aprender. ¿Y tú? ¿Qué prefieres? ¿A qué te atreves? ¿Te vienes a la zona de pánico?
https://www.youtube.com/watch?v=8LwvuQkAGcA
https://www.youtube.com/watch?v=sPs6_Od5mJ4
por grupo3estudios | Jun 29, 2015 | El Grial de tu Empresa

“Estrellarse contra una pared en la vida es la mejor forma de quitarnos nuestra armadura de ego y soberbia. A veces, necesitamos un golpe para tomar conciencia con humildad de todo lo que debemos mejorar” – David Fischman
Muchos de nosotros vivimos dominados y de paso, engañados por nuestro “ego”, que se infiltra y se camufla para hacernos esclavos de sí y para transformarnos en seres ruínes, y lo peor de todo, sin darnos cuenta, en muchas ocasiones vivimos en la ignorancia, creyéndonos que somos todo lo contrario.
No hace mucho alguien a quien considero un Maestro, me hizo reflexionar sobre las palabras que empiezan por ego, y cómo realmente no hay ninguna que tenga un significado positivo; egoísmo, egolatría, egocéntrico… todas se resumen en ponernos a nosotros mismos como centro del universo, no importándonos realmente los demás, aunque juguemos a que sí, y utilizándolos en mayor o menor medida para nuestro fines, siendo o no conscientes, porque lo peor de todo y he ahí la agudeza de nuestro ego, es que encima nos hace creer que lo que hacemos, lo hacemos por el bien de los demás.
Probablemente la humildad sea el mayor enemigo del ego, es la cualidad perfecta para poder enfrentarnos a él. Nuestro ego se alimenta de la buena imagen, de estar bien vistos, de caer bien a todo el mundo. Nos hace vernos como queremos ser y presentarnos así al mundo, pero no hacerlo como realmente somos. La visión propia acerca de nosotros mismos se distorsiona, perdemos la perspectiva y nos perdemos como personas. El ego nos hace confundir las cualidades positivas de una persona, con otras mucho más mezquinas. Yo creía que era fuerte, pero probablemente lo que veía en mí no era fuerza, sino que era vanidad. No pedir ayuda no es un símbolo de fortaleza, sino de creerme mejor y por eso no tener que reconocer que ya no podía más o simplemente que no sabía. La necesidad de parecer una persona perfecta te lleva a quedarte en el lugar en el que te sientes por encima del bien y del mal. El ego hace que no quieras asumir nuevos retos, porque esto supondría la posibilidad de equivocarte, de fallar, y entonces esa imagen de “falsa” perfección se rompería. Además así el halago fácil llega, porque estás en tu mundo, en tu salsa. No creces, ni como persona, ni como profesional, porque no te enfrentas a nada nuevo. Cualquier cuestión se convierte en un debate, porque tu ego siempre quiere llevar razón, y tú sin embargo, crees que estás argumentando algo que no tiene nada que ver con que no soportas no estar en lo cierto. Nuestro ego es listo, nos engaña. Dices que quieres aprender, y en el fondo es cierto, lo bueno y lo noble que hay en tu alma quiere hacerlo, pero tu ego siempre encuentra la excusa perfecta para dejarlo para otro momento, siempre posponiéndolo para una ocasión en la que será mejor, o más fácil, o más lo que sea… en el fondo simplemente lo que quiere es que sigas engordándolo, que siga creciendo, que te fagocite del todo, para que no tengas esperanza, para que sea imposible poder darte cuenta de qué clase de persona eres.
A mí me ha pasado, era (aún soy) una persona totalmente confundida, perdida. El ego dominaba mi ser, porque había creado un caparazón para defenderme del mundo, pero un caparazón en el que se confundían cuestiones como la vanidad con el valor, la responsabilidad con la cobardía, el pensar primero en los demás, con el miedo a hacer, la seguridad con el complejo de inferioridad. Demasiada preocupación por lo que los demás pudieran pensar, por lo que demás pudieran ver, y olvidándome totalmente de lo que realmente soy. Pero afortunadamente la venda se me ha caído de los ojos. Me he mirado al espejo y no me ha gustado lo que he visto. Hasta ahora había ido viendo ráfagas, pero de pronto he visto el monstruo en todo su esplendor. Un monstruo que te aleja de lo que más te importa de verdad en el mundo, un monstruo que vive debatiéndose entre la autocomplacencia y la autocompasión. Ese monstruo soy yo, aunque he decidido que ya no quiero serlo. Que se puede cambiar, tengo que conectar con mi interior y centrarme de verdad en lo que soy. Es un camino muy complicado. Es una guerra que no tiene cuartel, y que siempre se tiene que estar batiendo. La lucha contra el ego es como la lucha contra las adicciones, porque estas nunca desaparecen, igual que el ego tampoco desaparece, y siempre busca el menor resquicio, la menor debilidad, nuestra flaqueza, para aparecer y volver a intentar tomar el control. No lo podemos dejar hacer eso. Para ello hay cuestiones que hemos de tener en cuenta como son por ejemplo, no ofendernos por cualquier cosa, no vivir con la obsesión de ganar, de tener siempre razón o de sentirnos superiores, de tener más y más o de conseguir la fama. Tenemos que aprender a pensar y a vivir en clave del aquí y el ahora.
Recuerda que no eres tus logros, que no eres lo que tienes, que no eres lo que dicen de ti o piensan de ti los demás. Tú eres tú, y tienes que ser capaz de liberarte de todo eso y dejarlo al margen. Yo lo estoy intentando, estoy haciéndolo (primera forma de pelear con el ego), sólo espero que no sea demasiado tarde. Tengo esperanza en el hacer, en el hacer que me lleve a liberarme de la pesada carga de ese ego que no me ha traído nada bueno. Esta es mi guerra, y hoy y aquí lo reconozco, aprovechando para pedir perdón a todas aquellas personas que mi ego y yo hayamos podido llevarnos por delante.
No sé si voy a ganar la guerra, ni siquiera alguna batalla, pero sí sé que por lo menos me voy a dejar la piel en el intento. El dolor de ver la realidad, es sin duda mi mejor aliado, y en él me centro para seguir adelante. Quiero terminar con unas palabras de OSHO: “Si una persona conoce su propio valor, no tiene que preocuparse por lo que piensan los demás, por es importante conocerse, porque sólo el ego es el que depende de las opiniones de los otros. El ego tiene que hace lo que sea para quedar bien, pero el verdadero ser, no”.
https://www.youtube.com/watch?v=Ket3a7f3JSI